James y Jamal

Landscape

Mi nombre es James Rodrigues, y soy periodista y bloguero. Escribí este texto para un (poco conocido) webzine neoyorquino. El webzine dispone de una sección dedicada a personajes notables en innovación, artes o investigación, que estén dispuestos a dar su opinión sobre un tema de actualidad que les preocupe. Se me asignó Jamal Jackson, actor de teatro y televisión, y su tema elegido fue la tensión racial en los Estados Unidos. Lo entrevisté en un coffee shop en la calle Greenwitch y escribí este texto en “su propia voz”, como si él lo hubiera escrito, pues así es como quería el webzine que la pieza fuera publicada. Estuvimos charlando por un par de horas, en las cuales tomamos varios cafés cada uno. Jamal era amigable, articulado y divertido. Aquí está la traducción al español del texto.

Se les conoce como projects, y consisten en un conjunto de edificios altos, de ladrillo oscuro, con un diseño muy sencillo, austero, ventanas de guillotina, y un cartel que indica el nombre del complejo y que suscribe New York City Housing Authority. La ciudad de Nueva York inauguró su primer complejo de viviendas públicas en East Village en 1936; con una discreta altura de cinco pisos, este proyecto fue el comienzo de un proceso que llevaría a la metrópolis a alojar más de trescientos complejos —muchos de ellos superan los veinte pisos de altura— a lo largo y ancho de la ciudad, en los que residen más de cuatrocientos mil personas.

Yo crecí en un project, concretamente en Walt Whitman Houses, en Brooklyn. Nunca conocí a mi padre. Crecí junto a mis dos hermanos, Trevon y Darnell, dos y tres años menores que yo, respectivamente. Mi madre nos crió. Ella sola. Me tuvo a los veinte años. Mi madre nunca terminó la secundaria. Se llamaba Crystal, y murió hace dos años, en el hospital de Bellevue. Trabajaba en un call center de Con Edison, de lunes a viernes, y los sábados ayudaba a su hermano en un almacén de ropa que éste tenía en Long Island City. Bastantes esfuerzos hacía la pobre mujer para sacarnos adelante.

La vida en los Estados Unidos es difícil. Nadie cree en esa quimera que es el sueño americano. Nadie en mi entorno, al menos. América no fue fundada por negros, nunca estuvo hecha para los negros, y en todo caso se desarrolló a costa de éstos. Quien diga que esto no es así, debería consultar cualquier libro de historia. La población negra de este país ha sido consistentemente sometida, torturada, explotada, alienada y segregada.

En mi escuela primaria, no había ni un solo niño que no fuera afroamericano. En la secundaria tal vez había cuatro puertorriqueños y dos mexicanos. No hace falta explicar que esto no se corresponde con la utopía de diversidad e integración racial y cultural que la ciudad intenta vender.

Estados Unidos vive en la cultura del miedo. Vivimos en un ciclo de miedo. Los blancos tienen miedo de caminar de noche en un barrio negro; a veces, cuando se van a cruzar con un grupo de negros en en una calle oscura, se cambian de acera antes de que esto ocurra. Y yo en mi vida he causado mal a nadie. Visto bien. Intento ser educado y hablar a todos con respeto, pero es muy frustrante el hecho de que la desconfianza que emana de la gente nada tiene que ver con mis formas, o con mi actitud; su prejuicio se basa directamente en el color de mi piel. Me estereotipan automáticamente. Y yo sólo quiero que sepan no voy a hacer nada a nadie, que no voy a golpear ni atacar ni robar a nadie. Que soy una buena persona.

Por otro lado, mi abuela (que aún vive), tiene miedo de que yo salga de noche. Tras lo últimos acontecimientos, se imagina que en algún altercado absurdo un policía me va a disparar, que me van a matar en plena calle. Y yo le digo que no se preocupe, que yo no me meto en líos, y me dice «Dios sabe que eres un buen chico, hijo mío, pero esos descerebrados racistas de NYPD no».

Ella no piensa que todo el cuerpo de policía de la ciudad esté compuesto por descerebrados racistas, por supuesto, ni yo tampoco lo pienso. De hecho una gran parte son negros, ¿cómo van a ser racistas si ellos mismos pertenecen a una minoría racial? En sí, en estos días nadie es abiertamente racista, eso es políticamente incorrecto. Pero no podemos negar que el racismo estructural continúa existiendo. ¿Qué significa esto? El racismo estructural es un conjunto de políticas y prácticas institucionales y culturales que perpetúan la desigualdad racial.

Y no falta quien niega en rotundo que esto suceda, quien culpa a la “cultura negra” cada vez que un policía asesina a un ciudadano de color; quien tacha a los miembros del movimiento Black Lives Matter de criminales, de victimistas o de oportunistas; o quien cita las estadísticas de asesinatos, alegando que los negros mueren más a menudo asesinados a manos de otra persona negra que a manos de un blanco. Pues bien, hay otra estadística interesante que da que pensar: según los datos del Departamento de Justicia, un conductor negro tiene un treinta por ciento más de posibilidades que uno blanco de que la policía lo pare en la carretera. Y otra aún mejor: un joven negro de entre quince y veinte años tiene veinte veces más posibilidades que uno blanco de morir como consecuencia del disparo de un policía (y en este caso no importa si el policía es blanco o negro, pues también se demostró que los policías negros son más propensos a disparar a un hombre negro que a uno blanco). ¿No es esto racismo estructural?

Por suerte, ningún policía me ha disparado nunca. Pero he tenido encontronazos. Una vez iba manejando mi auto por la autopista interestatal Palisades y un policía me paró. Era de noche, y yo llevaba un piloto fundido, es cierto. Es una infracción menor, no obstante. Mi primo Malcom estaba en el auto conmigo, sentado en el asiento del copiloto. Cuando la policía nos paró, Malcom hizo amago de abrir la puerta, y yo me abalancé sobre él para evitar que lo hiciera. El agente interpretó esto como un gesto hostil, sacó la pistola y nos apuntó y gritó: «¡quietos!». Yo, instintivamente, levanté mis manos, y lo mismo hizo mi primo Malcom, y los dos gritamos, al mismo tiempo: «¡no pasa nada, todo está bien agente!». El policía continuó apuntándonos, y nosotros continuamos levantando nuestras manos, y pasamos así unos segundos hasta que el policía se calmó. Guardó su arma, y me pidió los papeles del auto. Esta vez, muy lentamente, me incliné ligeramente sobre mi primo para alcanzar con mi mano derecha la pestaña de apertura de la guantera, y manteniendo mi mano izquierda visible en todo momento, saqué la carpeta con los documentos y, de nuevo muy lentamente, se la entregué al agente a través de mi ventanilla, que estaba completamente abierta (era verano, y mi coche no tenía aire acondicionado). Afortunadamente ahí quedó todo, pero no puedo dejar de imaginarme todas las ocasiones en las que, en una situación parecida, en lugar de apuntar, de gritar, o incluso de hacer uso del taser, el policía decidió disparar directamente. Me consta que esto ha sucedido más de una vez y más de dos.

Y bien, ¿qué podemos hacer frente al racismo estructural? Ya se está haciendo mucho, pero no es suficiente. El gobierno federal es directamente responsable de garantizar la seguridad de los ciudadanos estadounidenses. Y no podemos decir que la comunidad negra esté segura, en estos días. Vivimos en una época muy diferente de la del reverendo Martin Luther King, y sin embargo las cosas están muy lejos de ser ideales. Así es.

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